Ellos eran amigos de toda la vida, de cuando eran jóvenes. Se juntaban todas las semanas desde hacía muchísimos años a tomar café y hacerse algo de compañía, siempre en el mismo cafetín y siempre que podían, en la misma mesa, contra la misma ventana que daba a la avenida en la que dos por tres se perdían sus miradas en silencio, viendo pasar el ruido, el tiempo, la gente, las cosas, los temas, la vida de todos los demás.
Hacía mucho tiempo que los temas de conversación entre Beto y Raúl eran recurrentes; el menú estaba trillado por los dos y ya lo habían repasado una y otra vez, aunque lo miraran cada mañana como si fuese la primera. La moza del cafetín los conocía de memoria, los había atendido desde siempre; aunque hubiese empezado a trabajar allí tiempo después, se sentía como si los conociese. Su nombre era Catalina, pero a esa altura para los dos era Cata. Los ayudaba a variar lo que comían, luego de tanto tiempo de pedir lo mismo de siempre, al menos ella introducía cierta variedad en sus rutinas. Eso sí, con el café no había discusión, siempre el mismo, siempre negro, para los dos.
En las paredes del cafetín colgaban retratos de personalidades de antaño. Cantantes, actores de cine y teatro, periodistas, comediantes, futbolistas, personas ya sin el brillo de sus años de gloria que por las buenas o las malas se habían inmortalizado sobre las paredes de ese lugar común y que Beto y Raúl admiraban seriamente cuando sus miradas se perdían hacia adentro.
Como era común en otras épocas, ellos tenían una cuenta en el cafetín en el que mes a mes cargaban lo que consumían y lo iban cancelando a medida que podían con lo que cobraban de jubilación. El dueño del cafetín nunca les había dicho nada porque dentro de todo eran buenos pagadores y además, siempre volvían; eran de esos clientes que supongo es preferible tener que perder.
Ellos se tenían el uno al otro. No se llamaban, no se pasaban a buscar, pero se encontraban religiosamente, cada martes a las 8 de la mañana, en el mismo cafetín, a una cuadra de lo de Beto y a dos de lo de Raúl. Los dos vivían solos pero sus familias les llevaban las compras del supermercado a sus casas una vez por mes. A esa edad consumís muy poco y ya no necesitás cosas del súper tan seguido.
Cuando Beto y Raúl se sentaban en la mesa del cafetín, hablaban siempre de lo mismo, discutían sobre lo mismo y hasta se rezongaban siempre por las mismas cosas. Quiero decir, los cansaba algo que en otras circunstancias valoraríamos de una persona. Pero para ellos habían pasado muchos años, mucha energía puesta sobre temas que quizás, en el fondo, los perseguía hasta la culpa; muchos temas sin resolver, sin claridad y que no sabían manejar el uno con el otro. Eso sí, como buenos amigos, se decían las cosas sin pelos en la lengua. Cata los miraba conversar y cambiar de humor hasta pelear, como hacen los viejos, que se crispan cuando no hay salida, y ya no sabía qué decirles, así que cuando eso pasaba se arrimaba a la mesa y en una bandeja les alcanzaba un vaso de agua para cada uno. Al menos eso parecía inhibirlos un poco, pero solo a veces.
Las personas se cansan de las demás. De todo. Del mundo. Está en su naturaleza psicológica. La enorme mayoría de las veces no hacen nada para cambiar, no son lo suficientemente fuertes para actuar, para desarmar al otro, para crear nuevos escenarios, cambiar el ánimo. Pero una vez cada tanto, se introduce a la vida de todos, un agente de cambio, una señal. En oportunidades obvia, en otras difícil de ver. De alguna manera Beto y Raúl estaban ahí en ese lugar. Necesitaban un cambio; ambos lo sabían y lo tenían clarísimo, pero como todo en la vida, uno quizás estaba dispuesto a hacer algo al respecto y el otro, bueno, tal vez no.
Para Beto y Raúl las semanas pasaban rápidamente y como todos los martes, se sentaban en el mismo cafetín del barrio y se pedían un café negro para cada uno y esperaban a la moza en la misma mesa de siempre para que les ofreciera algo para acompañarlo. Los cafetines de época siempre servían el café hirviendo así que lo dejaban reposar unos minutos para que enfriara lo suficiente para dejarse tomar. En esos minutos de espera sus miradas se perdían sobre la avenida, donde veían a la gente pasar, yendo de un lado para otro, como todas las mañanas.
El cafetín estaba siempre semi vacío, nunca se llenaba y se sentían como en sus casas. Los dos pedían el café bien negro y se turnaban para ir al baño antes de dar el primer sorbo. Meaban, se lavaban las manos y volvían pausadamente a la mesa para comer el acompañamiento que Cata les traía e iniciar la conversación de siempre que probablemente también tendría el mismo final de siempre.
El soleado reloj de la pared del café marcaba las 8:10 de ese martes cualquiera y antes de que Cata pudiera llegar a la mesa, se oyó un golpe de vajilla que asustó a todos en el lugar haciendo que más de una infusión terminara en la falda de un comensal. Uno de los veteranos había golpeado su frente contra la placa de cármica texturada de la mesa, derramando el café caliente sobre su cara que lentamente chorreaba sobre sus piernas y hacia el suelo, pero todos ya veían que aquel viejo ni se inmutaba. El otro miraba quieto e incrédulo, con los ojos bien abiertos.
Ya estaba hecho. Luego, el silencio. Los dos eran viejos y era algo que para los demás, podía llegar a pasar, aunque todos miraran sorprendidos, esperando que alguien hiciera algo.
Esa mañana todo había sido igual a las demás, la misma mesa, la misma vista de siempre a excepción de un pequeño detalle. El golpe había hecho caer de la mesa un frasquito de plástico sin marcar que Cata levantó rápidamente del suelo, antes que alguien pudiera ver algo y la guardó en secreto, en el bolsillo del delantal. Rodeada del silencio que envolvió al lugar, corrió rápidamente hacia la barra y llamó a la emergencia. Ya no había más nada para hacer y para ellos todo había cambiado para siempre. Todas las cosas sin resolver se habían encontrado con una solución. Las charlas, a una resolución inmediata.
La mesa quedó vacía para que otros pudieran ocuparla, para que otras miradas pudieran perderse en el ruido, en las cosas, en la vida de los otros.
X
